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viernes, 26 de abril de 2013

Incidentes en una despedida de soltero.


Momento en el que Agapito se da cuenta que se ha quedado sin apellido.

Que estaba cantado que antes o después la moda de celebrar las despedidas de soltero en ciudades emblemáticas como Salamanca o Granada iba a traer consecuencias, eso lo sabían hasta las monjas de Yepes. Y que los grupos de jóvenes corraleños en edad casadera no iban precisamente a estas ciudades a compaginar la diversión con la cultura, tampoco era ninguna novedad. Porque empaparse, empaparse… si que se empapaban, pero no de cultura, sino de alcohol en todas sus vertientes y variedades. 

 


En estos casos siempre surgía la misma pregunta: ¿Qué necesidad tenían de desplazarse a varios cientos de kilómetros? cuando en la mayoría de ocasiones se limitaban a quedarse en el Hotel o en la Casa Rural haciendo lo mismo que podían hacer en cualquier corralón, es decir: emborracharse. Esta era la pregunta del millón y uno de los mayores enigmas corraleños de todos los tiempos.


"¿Qué necesidad tenían de desplazarse a varios cientos de kilómetros? cuando en la mayoría de ocasiones se limitaban a quedarse en el Hotel o en la Casa Rural haciendo lo mismo que podían hacer en cualquier corralón, es decir: emborracharse"

Enigma o no, el caso es que la estúpida moda le iba a costar a Agapito Trespiernas, un fornido mozo corraleño del equipo local de fútbol, no ya su futuro matrimonio, sino su propia identidad. Porque debido a su alto grado de alcohol, los amigos organizadores de la despedida no tuvieron más remedio que ingresarlo en el hospital de la ciudad, confiados, entre risas y bromas, que con alguna pastilla y algún que otro suero, Agapito se encontraría al día siguiente listo para regresar al pueblo entre las bromas y burlas de sus compañeros y las grandes hazañas y anécdotas que se irían inventando de camino.


"...como la sanidad está como está en España, y el personal sanitario es cada vez más escaso, Agapito entro mozo y salió mocita"
 
Pero como la sanidad está como está en España, y el personal sanitario es cada vez más escaso, Agapito entro mozo y salió mocita. Es decir: que con las aglomeraciones y prisas de las urgencias, unido a la incapacidad del enfermo para explicarse y la falta de familiares que estuvieran pendientes de la criatura, los historiales se traspapelaron entre tanto alboroto y Agapito acabó convertido en Rosa Mari, que es como se  llama desde entonces, por culpa de la operación de cambio de sexo que le rebanó parte de su apellido. “Se veía venir” comentó un tío suyo por parte de madre, al enterarse de que contaba desde entonces con una sobrina más en la familia. “Tanto alcohol y tanto desmadre no podía traer nada bueno” para añadir a continuación: “Me habéis capao un sobrino, pero me he reído…. “


"...los historiales se traspapelaron entre tanto alboroto y Agapito acabó convertido en Rosa Mari, que es como se  llama desde entonces..."
 
En definitiva y como moralina de este cuento totalmente verídico: Que a pesar de que al cirujano y a las enfermeras les dio pena cortar aquel prodigio de la naturaleza, Agapito termino sin pito, mientras a un joven de aspecto femenino se le aplicó un lavado de estomago en otro ala del hospital.



Desde la Unidad de Cuidados Intensivos: Rosi Tadao o Tarraspeao





miércoles, 24 de abril de 2013

Descartada en Corral la relación entre las lechuzas y la muerte.

Vecina corraleña fotografiada en la noche de San Juan.

Mucho se ha hablado desde el principio de los tiempos de esta enigmática, a la vez que magnífica ave, inspiradora de numerosos mitos y leyendas en las que solía salir mal parada. Compañera de brujas, demonios, magos y hombres del saco, sus ojos casi humanos y sus silbidos espectrales, hicieron que se la relacionara tradicionalmente con la mismísima muerte.


Un servidor, Honorato Bicarbonato, conocido por todos como Pepe, les va a narrar a continuación una terrible experiencia que sufrió hace años y de la que pude salir sano y salvo gracias a las brujas corraleñas. Porque, aunque no lo crean “haberlas haylas”

Me encontraba sudoroso y molesto una calurosa noche de verano (concretamente la noche de San Juan) intentando conciliar el sueño, cuando comenzaron a llegar a mi ventana -siempre abierta en verano- todo tipo de sonidos nocturnos. Al ladrido de un perro lejano, le siguió el agresivo bufido y maullido del gato que seguramente tenía acorralado, y al croar de las ranas del cercano río, siguió el desdibujado tañido de una campana. 

Intentando saborear los diferentes ruidos que acompañaron mi infancia, me vi sorprendido de repente por el chirriante ulular de la lechuza. Un escalofrío recorrió automáticamente todo mi cuerpo, pues a pesar de que era consciente que se trataba sólo de un inofensivo animal, no podía apartar de mis recuerdos el viejo dicho de mi madre cuando añadía:  

“Uhhhh se oye a la jodía lechuza. Malo, eso es que alguien del barrio las va a diñar esta noche”

Molesto por el insomnio, decidí vestirme y dar un relajado paseo por las riberas del río, cuando de nuevo apareció ese inconfundible silbido de la lechuza. Incómodo por el reencuentro, me dispuse a acelerar el paso y regresar a la calle de las ánimas -que es donde vivía- con la extraña sensación de que alguien me perseguía. 

Llegado a la puerta de mi casa, me encontré de repente con una auténtica bandada de lechuzas repartidas por los distintos cables de la fachada, como si de una escena de Hitchcock se tratase.

"regresé a la calle de las ánimas -que es donde vivía- con la extraña sensación de que alguien me perseguía"

Profundamente asustado pensé que había llegado mi hora, cuando mi vecina Eulalia, tan cotilla como siempre, apareció de repente y comenzó a gritar:

“Uhhh pero hermoso, una cosa es que te gusten los animales y otra que te traigas to los de la comarca y nos los plantes en la calle. Con lo que cagan estos bichos, como si no tuviera una bastante con estar to el día pasando el mocho” 

Las voces y la característica mala leche de esta mujer, lo único que consiguieron fue alarmar a todo el vecindario, y la Emilia, la Francisca, la Ramona, la Genoveva y hasta la Abundia, se presentaron en bata y rulos, escobas en ristre, con una pinta que asustaba al miedo.

Más dispuesta, como siempre, la Abundia les dijo a las demás: 

“Chicas, coger de ahí y estirazar del cable verás cómo se van toas a hacer chorras” 

Al intentar espantarlas tirando del cable, lo único que consiguieron es que se partiera en dos, y Eulalia, Francisca, Ramona, Genovena, Emilia y Abundia, rodaran por el suelo con batas y rulos mientras el cable se movía como una serpiente echando chispas. Asustadas por el cable, las lechuzas empezaron a defecar sobre las vecinas alcanzando una de ellas en todo el ojo a la Abundia, dejándola casi tuerta, a lo que ésta respondió con un trastazo con la escoba diciendo:  

“toma jodía, para que te cagues por algo”.


En vista del éxito de la Abundia, las demás hicieron lo mismo con el resto de lechuzas atontadas por las chispas de la electricidad. Según avanzaba la caza, la pinta de mis vecinas se iba deteriorando por momentos y los pelos alborotados, las batas sucias y las escobas en las manos, acabaron por darles ese inequívoco aire de brujas de cuento, incrementado por las sonoras y exageradas carcajadas que siguieron a su victoria sobre los inocentes animales.

"Según avanzaba la caza, la pinta de mis vecinas se iba deteriorando por momentos y los pelos alborotados, las batas sucias y las escobas en las manos, acabaron por darles ese inequívoco aire de brujas de cuento"

Yo, que andaba totalmente paralizado ante semejante visión, comencé a temer -ésta vez sí- por mi vida. Sin embargo, lejos de fijarse en mí, mis vecinas se repartieron las piezas como si de una jornada de caza se tratase y dijeron eso de: 

“Ala chicas, ya tenemos pa el cocido, que una vez desplumás le darán buen sabor al caldo” 

Y a continuación todas se metieron en sus casas como si nada hubiera ocurrido y el silencio volvió a reinar.

No sé si las lechuzas se encontraban en la casa avisándome de mi propia muerte o simplemente les gustaba el cableado de la fachada; pero tengo que reconocer que ese día el mito de la relación entre las brujas y las lechuzas se desplomó por los suelos. Imagino que fue sólo cuestión de mala suerte el que los pobres animales cayeran en manos de las brujas de mis vecinas -limpias como el jaspe, eso sí- pero con una lechecilla... Desde entonces debo de reconocer que no dejo de pensar que quizás les deba la vida.



Desde el psiquiátrico de Ciempozuelos y sin poder pegar ojo: Honorato Bicarbonato




lunes, 22 de abril de 2013

¡COLABORACIÓN! El tío Cachiporro que Dios perdone.


                     ¡COLABORACIÓN EXCLUSIVA PARA CORRAL DEscaradaMENTE!
Se sabe que el tío Cachiporro levantaba pasiones entre las mozas corraleñas.

Contaba el tío Cipriano, Dios lo tenga en su gloria, que siempre hubo entre la población habitantes que destacaron por su sabiduría o por su belleza, además de otros que sobresalieron por su fiereza, su brutalidad o su borriquería. Entre éstos últimos se encontraba Cachiporro Fanegas, espectacular mozo corraleño, tanto por sus dimensiones como por su fortaleza y buen corazón.

 

Vamos, que lo que tenía de grande lo tenía de bueno el jodío muchacho. Decía el tío Cipriano, con mucha gracia por cierto, que un buen día Cachiporro tuvo que trasladarse a Madrid con el carro para solucionar no sé qué problema de reclutamiento. Puesto que se trataba de un hombre grande y fuerte, sus alforjas iban bien repletas de comida por si las cosas se dilataban en el tiempo y se tenía que quedar varios días en la capital. Como gustaba también de refrescar el güalguero, se llevó una arroba de vino para facilitar el acceso de las viandas. 



"Puesto que se trataba de un hombre grande y fuerte, sus alforjas iban bien repletas de comida por si las cosas se dilataban en el tiempo y se tenía que quedar varios días en la capital"


Por aquellos tiempos, para poder entrar productos para la venta en las poblaciones se pagaba una tasa o portazgo; por lo que cuando los funcionarios vieron la cantidad de comida que llevaba Cachiporro en el carro, le pidieron el correspondiente impuesto pensando que era para su venta.


“Miren ustés que to esto es pa mi consumo” -decía Cachiporro a los funcionarios- intentando convencerlos de que aquella desorbitada cantidad de comida no era para la venta sino para su propio mantenimiento. Los funcionarios incrédulos, le decían que si no pagaba no entraba. Y Cachiporro, que era más bien agarrao y cabezón, se negaba en rotundo a soltar un real por su comida. Así estuvo unas cuantas horas, hasta que, viendo que se le pasaba el tiempo, Cachiporro no tuvo más remedio que agachar la cabeza y decirles a los funcionarios que le dijeran cuanto tenía que pagar por la comida:

- Medio real por la comida y otro medio por la arroba de vino -contestaron los funcionarios-
- Tengan ustés, medio real por la comida, que por el vino no pago.
- ¿Cómo que no paga por el vino? Pues entonces no pasa.



"Cachiporro, que era más bien agarrao y cabezón, se negaba en rotundo a soltar un real por su comida"


Y ni corto ni perezoso descorchó la garrafa y se la puso en posición, comenzando a ingerir el vino como si de agua se tratase, dando cuenta de la arroba después de cuatro descansos y un par de regüeldos. Cachiporro les dijo entonces: ¿Ven ustés como no voy a pagar por el vino? Y boquiabiertos, los funcionarios no tuvieron más remedio que dejarle entrar.



Decía el tío Cipriano, que era mu de bulla, que en otra ocasión haciendo una apuesta le echaron un brazao de alfalfa a Cachiporro y otro a un macho-cabra, y ante los ojos atónitos de los congregados acabó primero Cachiporro ¡que ojo el saque que tenía!. 



Exagerando ya un poco, contaba también el tío Cipriano que cuando estaban en el campo y llegaba la hora del rancho, a Cachiporro no le gustaba nada esperar, por lo que, sin hacer tiempo a que la comida se enfriase, se la metía pa el gaznate recién “apartá” y se oía cómo le seguía hirviendo y haciendo golgoritas dentro de la boca.


Ahhh que buenos momentos pasamos con los chascarrillos del tío Cipriano. 



Desde la viña de la señá María, les informó: Victoria Pírrica




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