-->

miércoles, 5 de marzo de 2014

La desaparición de la entrañable tienda de Rafael, primer dato de la recuperación económica nacional.

Rafael en una foto de archivo con solera. Aysss que majo era (bueno es), siempre nos recibía con una sonrisa.


Como CORRAL DEscaradaMENTE no para de andorrear y observar lo que se mueve y “cómo” se mueve en nuestro pueblo, se encontró de repente con un dato revelador, que podría tratarse nada menos que de la señal que espera el gobierno para poder afirmar aquello de que “comienza la recuperación económica”. Quién nos iba a decir a los corraleños que la famosa y entrañable tienda de Rafael, que tantos siglos -perdón queríamos decir años- ha permanecido inmutable contra viento y marea (auténtico referente del sector conservador y de misa diaria de la población) iba a desaparecer sin dejar rastro, sustituida nada menos que por un establecimiento moderno, minimalista y encima con abundante luz. ¿A que parece increíble?

 


Preocupados por tan asombrosa noticia, esta redacción se preguntó si no habría sido la falta de fluidez del crédito la culpable de que tan vetusta tienda se viniera abajo, por más que ya formara parte de nuestro patrimonio arquitectónico más entrañable. Porque ese establecimiento, digámoslo claro, formaba parte de nuestros sueños -en la última época quizás de los de terror- pero no por ello dejó de ser un referente para el comercio corraleño desde la revolución industrial hasta nuestros días. Es por ello quizás que debería haber sido conservada y declarada Bien de Interés Cultural del Negocio Manchego. Aunque ya sabemos que cuando hay intereses económicos, esos ideales se esfuman y sólo se respeta el patrimonio de Corral si hay curas y religiosos por medio.


Debe resultar difícil, para aquellas privilegiadas pituitarias que tuvieron la suerte de disfrutar de aquellos olores con solera, olvidar esa mezcla de aromas recocíos de droguería, tabaco, goma de borrar y un puntito de caucho de espuerta, adobados con aromas de pegamento y medio y efluvios de aguarrás. Ciertamente era un claro ejemplo de ese olor ambiental con toque rancio, que impregnaba la mayoría de las tiendas de después de la guerra y todavía impregnaba e impregna algunas de las casas de alrededor de la plaza (y no lo decimos como algo malo, no se confunda el lector, si no como un signo propio de identidad corraleña).



"Debe resultar difícil, para aquellas privilegiadas pituitarias que tuvieron la suerte de disfrutar de aquellos olores con solera, olvidar esa mezcla de aromas recocíos"


¿Quién no recuerda, al igual que sucediera con la tienda de las añejas, haber retrocedido en el tiempo al introducirse en su recinto. Gracias a la tienda de Rafael, los más jóvenes sabíamos con qué clase de juguetes se divertían nuestros abuelos, pues allí se encontraban cacharros del tipo de: una mini plancha para la ropa, una mini cocinita de carbón con su olla exprés incorporada, una mini lavadora que sólo tenía la opción de lavar en frío, mini máquinas registradoras de la época de “la tía sentá”, una comba con los mangos de madera, caballitos de carreras con sus jinetes articulados, peonzas de colores hechas a mano, tractores con sus remolques, coches de policía y ambulancias de metal, una carraca de madera para asustar a las mozuelas, peluches que parecían de estropajo y feos como demonios, muñecos y payasos que nunca salieron de sus cajas, y hasta la muñeca Mariquita Pérez con orinal incluido (la falsa claro, que en nuestro pueblo no nos podíamos permitir que fuera la auténtica).

Esos eran algunos de los juguetes que desgraciadamente se quedaron anclados en el olvido del viejo escaparate, quemados y descoloridos por el implacable sol abrasador del verano y regados por el polvo de cientos, quizás miles de años, adoptando esas tonalidades añejas de paso del tiempo que los convirtieron en un auténtico museo de la nostalgia.


A la altura del suelo y repartidos por toda la tienda, se encontraban todo tipo de objetos de ferretería y utensilios para la casa: básculas, sartenes, ollas, pinturas, detergentes, lejías, cuerdas de goma que valían para todo, pequeños electrodomésticos, cafeteras, transistores, planchas, infiernillos etc…. Es decir, de todo había y todo se vendía (bueno esto último aparentemente, porque no sabemos si el dueño le tenía demasiado cariño a las cosas, o que los clientes no se atrevían a comprarlas, porque para algunas de ellas pasaba el tiempo y seguían situadas armoniosamente en el mismo lugar de siempre).


De las paredes colgaban también todo tipo de chismes. Desde percheros de los años 20, hasta palos de escobas y fregonas, horcas y rastrillos para el campo, trajes de agua para la vendimia, tijeras de podar, apliques de lámparas, marcos para cuadros, escobillas para el water, recipientes extraños que no se sabía para que valían, e incluso se rumoreó que un niño -después de ver una película de miedo en el cine de Antonio- había visto una guadaña que colgaba del fondo de la tienda. Escalofriante, ¿verdad?


Pero aquí no acaba todo, pues la tienda disponía de una cueva a la que sólo accedía su dueño, y de la que se contaba que comunicaba con su casa sin tener que salir a la calle. Esta leyenda fue tomando cuerpo, después de que los clientes comprobaran que cuando le pedían algo que no tenía a mano, Rafael se metía en la cueva y salía a la media hora con la mercancía en la mano. Las mejores suposiciones se inclinaban por pensar que se iba por la cueva hasta su casa, se bebía un vasillo de agua -que nunca fue de gastar mucho- le daba un besillo a su mujer y volvía con lo demandado por el cliente feliz como una lombriz. Pero claro, como Rafael nunca lo confirmó ni lo desmintió, la leyenda sigue viva.


"Las mejores suposiciones se inclinaban por pensar que se iba por la cueva hasta su casa, se bebía un vasillo de agua -que nunca fue de gastar mucho- le daba un besillo a su mujer y volvía con lo demandado por el cliente feliz como una lombriz"


Pero aparte de lo anterior, no podemos olvidar que ante todo nos encontrábamos en un estanco, por lo que detrás del mostrador y enfrente nuestro, se amontonaban miles y miles de cajetillas de tabaco y puros que llegaban hasta el techo. Uno siempre se preguntaba si serían de verdad o eran pura decoración del establecimiento, pues parecían inaccesibles incluso para Rafael, que con su escalera recorría todos y cada uno de los rincones de su tienda. He de reconocer que me quedé con las ganas de pedir una de esas marcas extrañas de cigarrillos para comprobarlo, pero claro, siempre iba con prisas porque aparcaba el coche en la puerta y ya sabéis que ahí siempre se estorbaba.


Una de las particularidades más entrañables del establecimiento, era la organización en carpetillas y subcarpetillas de todo aquello relacionado con el correo, sobre todo los sobres y sellos que se podían adquirir en el local. Ays… cuánto bien ha hecho Rafael a los despistados que se le olvidaban el sobrecillo de las bodas. ¿No digáis que no os ha pasado?. 

He de reconocer que me era muy placentero ver la tranquilidad y el ritual que mostraba Rafael cada vez que buscaba en sus carpetillas, pues daba igual que hubiera gente esperando para otras compras (que tampoco se solía dar el caso) para luego cobrarte las 15 pesetas. El arte que desprendía en esas maniobras, te hacía ver que detrás del mostrador se escondía un verdadero artista de la manipulación, que es como a mí me gustaba llamarlo.


Tras la vuelta de ese increíble viaje en el tiempo y una vez en la calle, era imposible no dirigir la mirada hacia el escaparate que quedaba a la derecha, con la esperanza de ver algún día alguna modificación o un nuevo artículo a la venta. Pero esa sensación se desvanecía rápidamente, al comprobar que la faja eléctrica para los riñones seguía en el mismo lugar, y en cuya caja se podía leer con bastante dificultad, debido al efecto del sol, que tan sólo costaba 1000 pesetas.



Desde las cuatro esquinas y desgarrado por la nostalgia: Casimiro Marchante.



lunes, 3 de marzo de 2014

“Vamos a peor” la frase más repetida en los carnavales.

Foto en la que vemos como disfrutan algunos de los participantes en el reciente desfile.

 

Mira que la gente pone buena voluntad en esto de los carnavales y mira que los grupos de corraleños se lo curran año tras año echándole ganas e imaginación a la hora de confeccionarse los trajes. Pero nada…. no hay manera…. de que no falla la música, falla la organización, el jurado, o como en este año, el tiempo. Porque mucho cuidadito la racha que llevamos, que desde el movimiento de tanto santo no levantamos cabeza. 

 

Hay que reconocer que la tarde no estaba para muchos trotes y la lluvia no paraba de joder la marrana intentando hundir la moral de los participantes, pero a pesar de todo y armados con sus respectivos vasos de cubalibres en las manos (condición indispensable en los disfraces corraleños) los grupos y comparsas aparecieron en las tenerías dispuestos a hacer de tripas corazón y lucir de una vez por todas los puñeteros disfraces que tanto había costado confeccionar.


Bastante menos participación y cantidad de comparsas que otros años –queremos creer que por culpa del tiempo- pero la misma desorganización y descontrol habitual (y mira que debe ser de las pocas fiestas en que los corraleños no son meros observadores) que dieron paso a un sinfín de colores envueltos en chinas, butaneras, animales variados, útiles de escritorio, patos, pingüinos, marineros, brujas, escocesas, tirolesas, molinillos de papel, árabes, emanents, cocineras, mimos, latas de coca cola, pajarracos, popeyes, pollos, viejas, cavernícolas, leonas, trofeos, panteras rosas y hasta los mismísimos componentes de la casa de la pradera en pleno. 


"menos participación y  comparsas que otros años- creemos que por el tiempo- pero la misma desorganización y descontrol habitual (y mira es de las pocas fiestas en que los corraleños no son meros observadores)


Todos con ganas de diversión y todos dispuestos a aguantar el pesadísimo recorrido (más corto este año gracias a la lluvia) con tal de reírse de si mismos y olvidarse de la maldita crisis que tanto nos amarga la existencia. En ese sentido se echaron de menos las habituales caretos del Bárcenas y políticos afines, aunque nos da que la gente está ya hasta los mismísimos de esa gentuza y no quiere ni verlos en disfraz. 



Faltaron también las máscaras de toda la vida, sarmiento en ristre, que aunque poco coloristas daban ese aire de autenticidad a la celebración, y se constató la ausencia prácticamente total de personas mayores en el desfile y en el posterior baile del pabellón, que optan ya por acudir a los bailes de disfraces privados (otra novedad este año) en vista de que lo público, como todo en este país, se está abandonando. 



Una vez en el pabellón, lo de siempre –este año con pelea incluida- los mismos problemas con los premios. Y mira que se han ido diversificando para que prácticamente todos los grupos grandes se lleven alguno. Pero no hay manera, todos consideramos que el nuestro es el mejor disfraz y no soportamos que siempre se lo lleven las mismas, por más que las mujeres –reconozcámoslo- se lo curren bastante y con coreografía incluida. 


"Una vez en el pabellón, lo de siempre –este año con pelea incluida- los mismos problemas con los premios"


Como nos dijeron varios de los participantes: “cada año vamos a peor, esto ya es un mero botellón consentido” Confiemos en que esto sea sólo la apreciación de unos cuantos y nuestras autoridades no dejen morir por abandono una fiesta que tanto había costado recuperar. 


Desde el pabellón y disfrazado de morceguil: Evaristo Pefumes.



Archivo del blog

 

Copyright 2013 All Rights Reserved CORRAL DEscaradaMENTE is a resgistered brand by some correalenians with tons of imagination